1Profesionalización: trabajadores públicos para un Estado capaz
La profesionalización sigue siendo un punto de partida. No hay administración pública democrática, eficaz y orientada al interés general sin personas dedicadas al servicio público, formadas para gestionar políticas, cuidar bienes comunes y asesorar con solvencia a los gobiernos elegidos por la ciudadanía.
El Primer Consenso lo expresó con precisión al proponer una agenda de concursos abiertos, carreras administrativas con estabilidad conforme a la Constitución, formación continua y la idoneidad en el desempeño de la función, planeamiento de las dotaciones para evitar desbordes sin que falte ni sobre nadie, un funcionariado directivo profesionalizado, entre otras. Ese trípode (estabilidad y carrera, ingreso por concursos abiertos e igualdad en el acceso) sigue siendo la base irrenunciable de cualquier reforma del servicio civil, por lo que la agenda conserva plena vigencia y no significa construir una administración cerrada sobre sí misma. Significa contar con equipos capaces de ejecutar los mandatos democráticos con legalidad, continuidad, memoria institucional y calidad técnica.
Se trata de afirmar que el empleo público profesional es una capacidad estratégica del Estado. Sin trabajadores y trabajadoras con derechos, formación, carrera, evaluación, condiciones dignas y compromiso con el interés general, las políticas públicas se vuelven frágiles, discontinuas y desiguales. La administración pública necesita conservar y atraer talento con vocación de servicio y compromiso democrático, en especial de las jóvenes generaciones y nuevas ocupaciones y especialidades requeridas. En particular, la incorporación de competencias digitales y de gobernanza de datos en los perfiles ya existentes es hoy tan urgente como la incorporación de nuevos perfiles tecnológicos.